martes, 6 de octubre de 2009

¡Que caiga el Azteca!

El martes 13 de febrero de 1521 la historia de América dio un giro: la poderosa ciudad de México-Tenochtitlán- cayó en manos de los conquistadores, liderados por un astuto militar español llamado Hernán Cortés. Este suceso significó el desplome de una civilización mítica y poderosa.

Este sábado 10 de octubre, la historia del fútbol nos ofrece una oportunidad de cambiar las cosas. Nuestra querida “Selecta” enfrenta a México en el estadio Azteca y se presenta la oportunidad de hacer caer al imperio mexicano. Por mucho tiempo, los tricolores fueron los gigantes del área. Dominaron a placer los resultados y menospreciaron a los rivales de la región. Los del “Tri” crecieron ante nuestra mirada impotente y fomentaron una rivalidad que se intensifica con el correr de los años.

Esta Hexagonal es diferente. México perdió en tres de sus cuatro visitas al extranjero y en el “Coloso de Santa Úrsula” ha ganado tres partidos por la mínima diferencia. ¿Pueden ser interpretados esos números como señales de debilitamiento? No sabemos. Lo cierto es que la selección mexicana ha sembrado dudas en casi todos sus juegos y no se perfilan tan fuertes como en el ciclo eliminatorio pasado.

Hoy por hoy, Carlos de los Cobos y sus dirigidos pueden hacer las veces de Hernán Cortés y el resto de conquistadores. Hacer caer a México en su estadio es la esperanza de un país que pone sus ilusiones de regresar a un Mundial con un equipo que ha mejorado su nivel de juego y ha demostrado que ya no existe un “ patito feo” en la región.

Todo ha cambiado. Este es nuestro último partido como visitantes en la Hexagonal. Este es el equipo que enciende pasiones y apaga los razonamientos. Esta es la “hora cero” rumbo a Sudáfrica. Este es el momento de demostrar que nada es imposible. Así como la antigua ciudad de México sucumbió hace muchos años, es nuestra oportunidad de revivir la historia y conquistar el mítico estadio Azteca.

El descubrimiento de Miztli

Hace miles de años vivió un joven llamado Miztli. Nació en el periodo clásico de la región mesoamericana. Miztli era un maya muy trabajador, solía despertarse desde muy temprano para ayudar a su padre en el cultivo del maíz, que era la base del alimento en aquellos tiempos.

Trabajaban arduamente todos los días y sin descaso. Ninguno imaginó que algún día formarían parte de una de las sociedades más fuertes e importantes de mesoamérica, la cultura maya.

Los padres de Miztli se dedicaban de lleno a la siembra y el cultivo del maíz, comercializaban con mayas de diferentes regiones y viajaban días completos para intercambiar productos agrícolas con los demás, por medio del trueque.

Miztli disfrutaba mucho de la compañía de su nahual, un animal que una persona posee como un compañero inseparable, caminaban hasta tarde en medio de las gigantescas ciudades que, entre todos los pobladores, habían construido en esta época. Solía pintar hermosos paisajes en piedra, como: montañas, lagos, ríos, etc. También se dedicaba mucho a la artesanía, elaboraba muchas figuras de barro para luego salir a venderlas o intercambiarlas junto a su padre.

Después de largas horas de trabajo, Miztli se quedaba hasta muy noche para observar la infinidad de luces que aparecían en el cielo. No sabía qué eran exactamente esos pequeños puntos que lo iluminaban, pero soñaba con descubrir qué se escondía en ese lugar tan impresionante.

Un día ocurrió algo extraordinario, mientras observaba el cielo, como usualmente lo hacía, Miztli vio como una de esas pequeñas luces se desprendía y se deslizaba a lo largo de esa enorme capa obscura que cubría toda la ciudad. Sin decir una palabra, miró con asombro el hermoso suceso y estaba convencido de que los dioses le habrían querido decir algo.

Desde ese día, el joven maya se la pasaba pintando hermosos retratos de lo ocurrido la otra noche, pero se extrañaba mucho al saber que nadie en su pueblo había visto aquel fenómeno tan impactante.

El saber que había sido el único en haber observado tal fenómeno, lo hacia creer aún más que los dioses querían transmitir un mensaje a toda la aldea y que él era el único que podía descifrarlo.

Comenzó a dedicarle más tiempo a la astrología, se pasaba días enteros observando el cielo sin respuesta alguna, sabía descifrar los mejores días para cosechar, sabía cuándo iba a llover, la hora a la que saldría y se escondería el sol, pero aún no sabía ni siquiera como descifrar el mensaje de los dioses.




Un día, mientras caminaba como normalmente lo hacía junto a su nahual, decidió entrar al templo donde adoraba a sus dioses, buscando una respuesta al enigma de aquella noche. Estando en el templo de adoración buscando alguna pista sobre el fenómeno, escuchó gritos que provenían de los aldeanos, sin pensarlo, corrió hacia fuera y se quedó sin palabras al observar como una de las viviendas más grandes de la aldea había sido derribada por el viento y estaba destrozada por los suelos.

Así como aquella luz en el cielo se había desprendido, caído y desaparecido en cuestión de segundos frente a sus ojos, lo mismo había ocurrido con aquella vivienda. Entendió el mensaje, pero ya era tarde.

Los dioses seguramente no habrían querido que nadie muriera, pero Miztli no había interpretado el mensaje con anticipación y sabía que otros sucesos, peores o similares, seguirían ocurriendo y no debía permitir que nadie más cayera.

A la mañana siguiente, les contó a todo su linaje lo que había ocurrido aquella noche tan especial en el cielo, y les dijo que ese suceso había sido un mensaje de los dioses, que deseaban prevenir a la región de los fenómenos que ya habían comenzado. Algunos creían y escuchaban con atención, otros lo miraban con indiferencia.

Por ser el más joven, no le creyeron ni una palabra. Lastimosamente, esto no solo ocurrió en su linaje. La mayoría de los aldeanos no habían creído las palabras de aquel joven que les recomendaba abandonar la ciudad y esperar a que estos sucesos tan extraños dejaran de suceder.

Pocos creían en sus palabras, pero Miztli estaba decidido a migrar a otras tierras y salvar a los pocos que creían en él, y si aún había tiempo de regresar al pueblo, trataría de convencer a los demás habitantes para llevarlos a un lugar más seguro. Miztli y alrededor de 15 mayas más, entre ellos sus padres, recién comenzaban su viaje hacia el sur de América, cuando de pronto se dieron cuenta de que atrás de ellos corrían desesperados y aterrorizados otros aldeanos.

Poco tiempo después de que Miztli y los otros habían emprendido su viaje, un fuerte y espantoso terremoto había sacudido la tierra de todo el pueblo, dejando a la mayoría de los habitantes bajo los escombros de sus casas y una hermosa ciudad totalmente derrumbada. Trataron de encontrar sobrevivientes, pero Miztli sabía que ese fenómeno no sería el último que ocurriría y decidieron retomar el viaje hacia el sur para resguardarse, prometiéndose regresar algún día para levantar de nuevo una de las más gloriosas sociedades que ha existido en todo mesoamérica.

jueves, 2 de julio de 2009

Un suceso inesperado


El crucero partió esta tarde. Estaba muy emocionado, pues era la primera vez que me ganaba un premio. ¡Vaya suerte!, ganarme un viaje en crucero con todos los gastos pagados. Lo mejor que me ha pasado en la vida.

Su tamaño era colosal. Sus colores, blanco y celeste, lo hacían verse muy lujoso e imponente. El crucero era impresionante. Sin lugar a dudas, viajar en un barco así era un sueño hecho realidad para cualquiera.

Las expectativas de vivir momentos emocionantes aumentaban. Con el cielo nublado y el viento soplando fuerte, la aventura comenzó. Poco a poco, nos fuimos adentrando al gigantesco mar, hasta no poder ver las luces de la ciudad.

Dentro del barco había mucha actividad, unos comían, otros bebían, otros jugaban y yo decidí sentarme a leer un poco. Era la primera vez que me sentía cómodo entre tanta gente. La mayoría de veces, me veían despectivamente por tener solo la mitad de mi brazo izquierdo.

De pronto, comenzó a llover. La lluvia aumentaba poco a poco y el fuerte viento hacía que el barco perdiera la estabilidad con movimientos violentos. Repentinamente, una enorme ola golpeó contra el crucero, haciendo que este se desbalanceara de forma brusca.

Todo parecía confuso. La gente gritaba y corría aterrada, por un momento, no supe qué hacer, estaba paralizado por el miedo. El imponente y hermoso crucero estaba a punto de hundirse. Luego de unos segundos sin reaccionar, me di cuenta de que debía hacer algo para salvar mi vida. Corrí hacia la cubierta sin mirar atrás. Sin pensarlo dos veces, di un salto fuera del barco y comencé a nadar.

Me alejé lo más que pude, cerca de mí se encontraba un trozo de madera del que me sujeté con todas mis fuerzas, mientras observaba bajo la lluvia cómo, poco a poco, el barco se sumergía en el mar. Las olas eran muy fuertes, me sentía muy débil y estaba casi inconsciente. Lo único que hice fue dejarme llevar por el violento mar.
Desperté. El sol brillaba en lo más alto del cielo, no sabía dónde estaba, pero me sentía feliz de estar vivo. Junto a mí se encontraban muchos objetos del barco. Entre tanta basura, se encontraba un enorme coco. Era tan grande que no me cabía en la mano, pero para mi suerte, estaba listo para introducirle una pajilla y beber su agua.

Había calmado mi sed, pero el hambre me estaba matando. Lo único que tenía era un coco que no podía romper. Lo coloqué a mi lado y me senté sobre una piedra, junto a ella, se encontraba una hierba que parecía comestible. Arranqué la hierba, no sabía si comerla. Después de pensarlo por unos momentos, la probé.

De pronto, el mundo me parecía gigantesco, me empecé a sentir extraño, todo lo veía y lo escuchaba diferente. Me di cuenta de que me había encogido. No encontraba explicación lógica a este suceso, pero el hambre me estaba matando y en lo único que pensé fue en introducirme al coco por medio de la pajilla para comer toda su carne.

Sin pensar en las consecuencias, me introduje y comencé a devorar, la que en ese instante, me pareció la más exquisita de las frutas. Una vez satisfecho, supe que no había forma de salir. El aire empezó a faltarme, la desesperación comenzó a adueñarse de mí.

Me sentía mareado, no sabía qué hacer. Poco a poco, iba perdiendo la esperanza de vivir y sin fuerzas de mantenerme de pie, caí de un golpe sin poderme levantar. Mientras estaba acostado muchos recuerdos invadieron mi mente. Mi hora había llegado. Estaba tranquilo, el miedo desapareció. Lentamente mis ojos se fueron cerrando hasta estar cubierto totalmente por la oscuridad.

Roger Federer, una leyenda en descenso


El rendimiento mostrado por Roger Federer, tenista de origen suizo, a lo largo del año 2008, fue pobre y desalentador. El tenista pasó por una mala racha que, incluso, lo llevó a perder el primer lugar del ranking de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP), a mediados de agosto de ese mismo año.

El 2008 será recordado, tanto para Federer como para sus aficionados, como el peor año de su carrera profesional. Tras una lesión en la espalda, a principios de enero del año pasado, el tenista se mantuvo alejado de las canchas aproximadamente tres meses. Esto impidió su participación en los primeros torneos de la temporada.

Federer cosechó triunfos importantes en su carrera y se consolidó como uno de los mejores deportistas, en el 2007. La adjudicación de trofeos importantes en el mundo del tenis, como son los Grand Slam, reflejaban el buen momento por el que pasaba. Esto hacía pensar que Federer brillaría con luz propia durante mucho tiempo.

Sin embargo, la ilusión duró poco. Además de ubicarse en el segundo lugar del ranking mundial, desde el 14 de agosto del año pasado, el 2009 no pinta nada bien para el suizo. Con una temporada llena de altibajos, el tenista no logra recuperar el nivel mostrado de hace año y medio. Peor aún, no da señales de poder recuperarse y volver a consolidarse como el mejor tenista de todos los tiempos.

Sin lugar a dudas, Roger Federer, que ha sido el único tenista en mantenerse 237 semanas en el primer lugar del ranking del mundo, se ha convertido en una leyenda para este deporte. A pesar del mal momento por el que pasa actualmente, muchos confían y mantienen viva la esperanza de ver el renacimiento de su tan preciada “perfección suiza”.

Triunfo histórico para la izquierda salvadoreña


Eran aproximadamente las 7:30 a.m., acababa de levantarme. Un poco adormitado y desvelado de noches anteriores, entré al baño a lavarme la cara, cuando de pronto recordé que era 15 de marzo, el día de las elecciones presidenciales.

Bañado, cambiado y desayunado, estaba listo para acompañar a mi familia y amigos a votar. Salimos. Muchas personas, al igual que nosotros, se dirigían a las urnas temprano; algunos ya identificados con el partido político de su preferencia (por sus camisas, pulseras, sombreros, etc.).

El tiempo fue pasando. La incertidumbre de saber qué candidato sería nuestro futuro presidente aumentaba. Este 15 de marzo sería histórico para el partido de izquierda, pues se presentaba como la mejor oportunidad para llegar al poder democráticamente.

Tanto en medios locales como internacionales, se seguía el proceso electoral paso a paso. El momento había llegado. Eran aproximadamente las 5:00 p.m. Los centros de votación se empezaban a cerrar.

Los encargados de las urnas comenzaron el conteo de votos. La lucha por la presidencia entre el partido ARENA y el FMLN era cerrada, aunque la tendencia se marcaba a favor del partido de izquierda. La confianza crecía cada vez más, y el gran día histórico parecía acercarse.

A las 7:30 p.m., el Tribunal Supremo Electoral (TSE) se dispuso a dar los primeros resultados: con el 33% de actas escrutadas, el FMLN aventajaba por 3 puntos porcentuales al partido de gobierno, ARENA.

El FMLN y su fórmula presidencial, compuesta por Mauricio Funes (presidente) y Salvador Sánchez Cerén (vicepresidente), llegaba al poder por primera vez. Un 15 de marzo, día que los salvadoreños recordarán por la llegada de un partido de izquierda al poder, después de la firma de los Acuerdos de Paz, en 1992.

Un duro golpe de la vida


José, un joven de 23 años, estatura media, ojos negros y piel trigueña, vestía una bata blanca y un pantalón negro que sus padres le habían regalado tiempo atrás. Solía salir con sus amigos y pasaba la mayor parte del tiempo con ellos. Era un joven muy inteligente y aplicado, tocaba la guitarra y tenía una banda con sus dos mejores amigos: Jorge y Juan.

Acostumbraban reunirse en un pequeño café después de clases y platicar de las vivencias del día. Después de degustar alguna bebida caliente y uno que otro postre, iban a la casa de José para ensayar sus canciones, pues hacían presentaciones casi todos los fines de semana.

Muchos en el vecindario conocían a la banda, pues en muchas ocasiones los “triple J”, como se denominaban los tres jóvenes, habían representado a su ciudad en eventos nacionales, y algunas veces internacionales. Pasaban la mayor parte del tiempo juntos, pero José guardaba un secreto desde hace tiempo atrás.

Jorge y José crecieron juntos en el mismo vecindario, se conocieron desde que tenían cinco años. Cuando Jorge cumplió los 18 años decidió hacer una fiesta en su casa. Todo parecía transcurrir normalmente, pero Jorge no se dio cuenta de que su mejor amigo había desaparecido por algunos momentos, José se encontraba con Roxana, madre de Jorge, en una habitación de la casa.

Desde el día de la fiesta, Roxana visitaba a José los fines de semana, se encontraban en diferentes lugares y mantenían todo en secreto. Un día, mientras Jorge caminaba en el parque, vio pasar el carro de su madre por la avenida y, sorprendido, decidió seguir el carro de su madre a escondidas, ya que su madre iba acompañada de José.

Impactado, observaba a su madre y a su mejor amigo en uno de tantos cuartos de un motel, y en lo único que pensaba era en su padre, quien había muerto cuando Jorge tenía cinco años. No sabía cómo reaccionar, nunca se habría imaginado algo así, decidió correr sin mirar atrás.

Jorge pensaba en algo para hacer sufrir a su “flamante amigo”, tenía que hacerle sentir todo el dolor que él había sentido al ver a su madre haciendo el amor en aquel motel de baja calidad. Cuando Roxana llegó a casa, las luces estaban apagadas, todo estaba oscuro y muy tranquilo, parecía que en esa casa no vivía nadie. El ambiente era tenso, pues intentaba encender la luz, pero parecía que la habían cortado. No veía nada. El miedo empezaba a invadir su cuerpo.

Se dirigió a casa de José. Las calles estaban vacías, guiándose solo por la luz de la luna, Jorge se detuvo frente a la casa de su amigo. Muchos recuerdos invadieron su mente, recuerdos de la banda, de cómo lo había conocido; las escenas de cuando lo descubrió con su madre.

Frente a la casa, con unos zapatos negros, una camisa roja, unos pantalones negros, una gorra y un cuchillo; con el que había asesinado a su madre minutos antes, después de haberla golpeado hasta dejarla moribunda y clavarle ese mismo cuchillo, aproximadamente unas cinco veces, con todo el odio y asco que sentía en aquel momento. Ahí estaba José con la mirada perdida, sin ningún deseo ya de vivir.

Al día siguiente, la noticia se regaba en todo el pueblo, alguien había asesinado a Roxana Martínez en su propia casa, y su hijo yacía muerto frente a la casa de José Espíndola, su mejor amigo.

De vacaciones en familia


El viernes pasado, desde muy temprano, Carlos y su familia partieron a un rancho, ubicado en la Costa del Sol, a disfrutar un poco de las vacaciones de semana santa. Adormitado y un poco desvelado, Carlos estaba listo para salir de casa y comenzar el viaje que tanto había esperado.

Eran aproximadamente las 8:30 a.m. cuando llegaron al rancho, después de tres horas de viaje. Decidieron desayunar. Al terminar, cada uno se instaló en el cuarto designado por su padre.

Después de acomodar todas sus pertenencias en la habitación, Carlos pasó casi toda la mañana en la piscina. No se había dado cuenta de que el tiempo había pasado, pues se mantenía muy entretenido jugando a la pelota, hasta que sus padres lo llamaron a almorzar. Después de haber comido un poco, el joven decidió tomar una siesta y descansar.

Al levantarse, fue a tomar un baño al mar. Faltaba poco tiempo para regresar a casa y tenía que aprovechar hasta el último instante. Regresó a tiempo para recoger la ropa que había colocado en su habitación y alistarse para abandonar el rancho.

El camino de regreso fue mucho más cansado que el de ida, aunque Carlos pasó la mayor parte del tiempo dormido. Antes de irse a casa, decidieron pasar por donde su abuela, pues es tradición estar con la familia para cenar. Así vivió Carlos sus vacaciones, disfrutando y divirtiéndose al lado de su familia y sus amigos.

Dos íconos de la literatura salvadoreña


El pasado martes 21 de abril se realizó un conversatorio dedicado a Claudia Lars y Salarrué. Ambos escritores, por cierto, fueron utilizados como íconos para la “XI Semana de la Lectura”, que se realizó del 20 al 24 de abril en El Salvador.
Es importante que, como jóvenes, conozcamos la trayectoria profesional de autores literarios nacionales, destacados en nuestro país e internacionalmente por su labor en esa rama.
Con la presencia de escritores como David Escobar Galindo y Carmen González, la actividad tomó más importancia de la que ya representaba con el solo hecho de conocer a fondo a ambos escritores.
David Escobar Galindo, por ejemplo, contó muchas vivencias que tuvo con ambos autores. Esto permitió conocer un poco más sobre la vida personal de estos dos “gigantes del pulgarcito” y, así, formar una imagen diferente a la que se crea sólo con la lectura de sus textos.
En ese sentido, González hizo referencia a la falta de conocimiento que los salvadoreños tienen sobre estos autores y sus obras, por lo que hizo el llamado a conocer y aventurarse con otros textos que también aportan a la literatura nacional.
El conversatorio finalizó con una ronda de preguntas y comentarios. Una de las peticiones fue describir a ambos escritores en tres palabras. Escobar Galindo lo hizo así: “autenticidad, naturalidad y dignidad”.

Colima, un fragmento de memoria histórica


El documental Colima me pareció muy interesante. Me gustaría mencionar la importancia de su contenido, sobre todo en nosotros los jóvenes. Si bien es cierto que en los colegios o escuelas se nos habla de la guerra, muchas personas, en especial las nuevas generaciones, no comprendemos realmente su significado. La mayoría de veces, no tenemos la oportunidad de escuchar este tipo de historias de parte de alguien que vivió en carne propia este suceso.

Documentales como Colima, nos hacen darnos cuenta de lo duro que fue para algunas personas ese momento. Además, es importante resaltar el esfuerzo de la elaboración de este documental por mantener viva la memoria histórica, y así evitar que hechos que forman parte de la historia salvadoreña queden en el olvido.

En Colima, nos muestran la historia de una señora que encuentra el lugar donde fue enterrada su hija, desaparecida hace más de 28 años. Muchas personas, en tiempos de guerra, sufrieron este mismo problema, con el agravante de no saber aún dónde yacen los restos de sus seres queridos.

Me llamó mucho la atención la forma en que se desarrolla el contenido de la historia y la diversidad de opiniones que se manejan sobre ésta. De igual manera, me pareció curioso ver cómo hay personas que intentan dejar atrás experiencias tan duras y comenzar una nueva vida.

En conclusión, este documental me pareció muy bueno e interesante, pues me enseñó a ver nuestra realidad de manera diferente, y darnos cuenta de la importancia que tienen los hechos ocurridos en nuestro país. Documentales como Colima hacen que nos enteremos de muchas injusticias que han sucedido en nuestro país y que nadie hace nada porque no queden impunes.

Quebramiento de tablas en la gran vía